Valle de Aburrá: insostenible y en deuda ambiental con resto de Antioquia

Los resultados de la medición de la huella ecológica en el Valle de Aburrá son contundentes: un ciudadano, en promedio, consume 46.355 litros de agua al año, es decir, el equivalente a la capacidad que tiene una piscina mediana.

La cifra es parte del resultado de una investigación adelantada por la Universidad Nacional de Colombia, en convenio con la corporación ambiental Corantioquia, para actualizar el estado de la huella ecológica en la región por tercera ocasión. En el mismo estudio, que midió la percepción a través de 599 encuestas físicas y virtuales, se pudo concluir, por ejemplo, que si 500 personas decidieran cambiar sus carros y motos para movilizarse en transporte público producirían al año el equivalente a sembrar una hectárea de bosque. Esto ayudaría a reducir en gran medida la contaminación por carbono en la ciudad. Los árboles existentes en el área metropolitana solo tienen capacidad para absorber apenas un 0,26 % de las emisiones que se producen.

Pero, ¿qué es la huella ecológica? Por definición, la huella ecológica es el área de tierra y agua requerida para producir los recursos consumidos y asimilar los desperdicios generados por una población.

“Se trata de un indicador que nos permite entender la dependencia que tenemos los habitantes de una ciudad de otras regiones para poder vivir”, agregó Alejandro González Valencia, director de Corantioquia.

En términos locales, el valle de Aburrá, donde viven más de 3,5 millones de personas, necesita 100 veces su mismo territorio para abastecer a sus habitantes en necesidades básicas como los alimentos y el agua.

“Esto debería derivar en que disminuyéramos y racionalizáramos nuestros hábitos de consumo, además de compensar a las regiones que, en algunos casos, por abastecernos se enfrentan a restricciones ambientales como falta de agua”, señaló González.

El páramo de Santa Inés, en el Norte de Antioquia, provee a la cuenca del Río Grande y Chico, de donde viene más del 65 % del agua que se consume en el Valle de Aburrá.

“Los habitantes de esta zona no pueden cultivar o tener actividades productivas para no afectar el ecosistema. Nosotros debemos reparar esos limitantes que están teniendo”, detalló González.

Nivel de consumo

Según Joaquín Guillermo Hincapié Pérez, investigador de la Universidad Nacional a cargo de la actualización de la huella ecológica, en el Valle de Aburrá tenemos el ritmo y nivel de consumo de países como Turquía, Suráfrica o Italia.

Para la comparación se emplea el término Planetoide Personal (PP), que es la extensión de territorio que una persona necesita para producir sus alimentos. El PP promedio del área metropolitana es de 3,3 hectáreas, el de Colombia está en 1,9, y el global se sitúa en 2,87.

Sin embargo, la diferencia de consumo se evidencia cuando cambian los estratos socioeconómicos de la ciudad. Por ejemplo, mientras que el estrato 1 tiene un PP de 2,8 hectáreas, en el estrato 6 llega a 4,2.

“Entre más recursos económicos, más se gasta. En el caso concreto del agua, los estratos altos consumen el 200 % más que los estratos bajos, y un 58 % más que el promedio”, explicó Hincapié.

Por su parte, el director de Corantioquia manifestó que en el estudio se pudo comprobar que en otros países la diferencia en el nivel de consumo no era tan elevada entre estratos altos y bajos.

“Acá consumimos más de lo que necesitamos (…). Es una mentalidad errónea el creer que los recursos son infinitos y que siempre los vamos a tener”, agregó González.

¿Ciudad sostenible?

Uno de los datos más reveladores de la actualización de la huella ecológica es que solo el 11 % de alimentos que se consumen en la ciudad son producidos en el Valle de Aburrá. De igual manera, solo 12 % del agua que demandan los habitantes del área metropolitana proviene de cuencas hidrográficas locales. “Tenemos una enorme dependencia de las regiones del departamento, está muy en entredicho eso de que somos una ciudad sostenible”, llamó la atención Hincapié.

Los lácteos llegan del Norte, la carne del Bajo Cauca y el Nordeste, gran parte de los alimentos del Occidente y el Suroeste, y el Oriente brinda el agua y la electricidad. Por eso, en consideración de González, hay que prestar más atención al impacto que causa el valle de Aburrá en el resto de Antioquia. “La ciudad está importando todo lo que necesita, pero casi que sin filtros, está exportando sin mayor contemplación todos los desechos del consumo”, señaló Hincapié. El investigador aseveró que el río Medellín es el sistema excretor urbano de líquidos y sólidos, y la planta de tratamiento de aguas residuales en Itagüí, funcionando con toda su capacidad, solo alcanza a cubrir el 22,23% de la demanda metropolitana.

“Por fortuna hemos podido evidenciar que las represas Porce II y III sirven como filtros que, en alguna medida, mejoran el agua del río, y eso es importante para las poblaciones a las cuales les llega este afluente luego de su paso por la ciudad”, detalló.

Compensación y educación

Corantioquia contempla llevar el estudio y la discusión a escenarios como el Congreso de la República, para que los legisladores contemplen que, así como hay subsidios para ofrecer mínimos vitales, haya sobrecargos al exceso y al derroche en el consumo. “Que esos derroches se traduzcan en recursos económicos para abastecer de agua potable a muchas zonas rurales del departamento”, sugirió González.

Aunque ya existe un pago por servicios ambientales para los pobladores de las regiones, el director de la corporación autónoma regional cree que es necesario encontrar otras formas de financiación que, además de un beneficio económico, les permita tener acceso a todos los servicios.

Hincapié observó que es importante que la planta de tratamiento que se está construyendo en Bello entre rápidamente en funcionamiento. “Si existiera justicia territorial, el agua debería salir del valle de Aburrá como entra”, dijo.

Además, manifestó que la tarea en materia educativa es titánica, porque cuando se preguntó a la ciudadanía de dónde provenían los alimentos, se encontraron respuestas preocupantes: “Los niños creen que la leche viene del supermercado, o hay personas que cuando se les pregunta cuál es la fuente del agua que llega a sus casas, responden que son las plantas de tratamiento o EPM”, reveló Hincapié.

 CONTEXTO DE LA NOTICIA: INFORME CONCLUSIÓN DE LA INVESTIGACIÓN
 El informe demostró que el Valle de Aburrá es una región insostenible. La dependencia ecológica de los ecosistemas que prestan servicios y bienes ambientales es elevada. Según el grupo investigador, los resultados servirán como insumo para promover estrategias de conservación, recuperación y protección de las áreas de alto valor estratégico para Corantioquia. Además, se pretende promover estrategias para crear conciencia sobre hábitos sostenibles. Caminar, compartir los viajes en automóvil, usar bicicleta o transporte público, comprar productos a granel, en cosecha, o evitar el uso de mangueras, son algunas costumbres que la ciudadanía debe adquirir.