Santiago Vélez Escobar, El Caratejo Vélez

Por: Alfonso Restrepo Londoño, expresidente y miembro de Número (fallecido)

foto extraida de Facebook: Memoria visual de Antioquia

En mis primeros años de estudio, muy niño aún visitaba con frecuencia la casa de uno de mis condiscípulos, Teddy Smith, hijo del ciudadano inglés Alfred Smith, residente en Medellín desde años atrás, y de su señora esposa doña Elenita Vélez Escobar. En algunas
ocasiones allí veía llegar visitas de familiares o amigos, sin reparar quién o quiénes eran y más aún en qué se ocupaban, pues siendo de mucha más edad que nosotros, nos manteníamos ajenos a sus conversaciones.
Muchos años después y sin contactos ya con Teddy ni con sus padres debido a los rumbos diferentes que íbamos tomando en la vida, vine a saber con gran sorpresa que entre aquellas personas que allí asistían se encontraba nada menos que Santiago Vélez Escobar, “El Caratejo”, pues era hermano de doña Elenita. Cuánto lamento hoy no haber disfrutado de ese personaje en su propia voz con su repentismo, su chispa o su poesía porque fue uno de los grandes de las letras colombianas. Pero era lógico: nuestras mentes aún no estaban capacitadas para comprender ese don maravilloso con que han sido dotados por La Providencia muy pocos mortales, o tal vez digo, El Caratejo fue prudente ante nuestra presencia juvenil. ¡Qué lástima!

fuente: Imagen extraida del Archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto.

Pero ¿quién era Santiago Vélez Escobar?. Nació en el año de 1900 en donde quedaban las famosas minas del Zancudo, Titiribí y era hijo de Santiago Vélez Mejía y Dolores Escobar. Allí permaneció en los años de su juventud, apareciendo con fecha de 1923 el soneto que lo hizo famoso, “Hace un año Señor”, que dio comienzo a la “demanda” que le entabló a una ingrata mujer por el alquiler de su corazón ante el Juez Supremo.
Andariego como buen paisa, estuvo por Bogotá, el Quindío y otros lugares del país, acompañado por su tiple, para después venir a sentar bases en sus últimos 15 años en la paradisíaca tierra envigadeña que amó sobremanera, así le hubiera tocado vivir en un pequeño y humilde hotel,media cuadra abajo del parque principal. Don Hernando Garcés Uribe, quien lo conoció en 1941, en su “Semblanza Anecdótica” al presentar el libro “La Demanda” que editó el Centro de Historia de Envigado en 1991, escribió, “improvisaba versos impecables con esa difícil facilidad que Dios da tan sólo a unos pocos. Los versos le salían espontáneos y rápidos en el momento preciso”, y Ernesto González para la misma publicación decía, “Era un fabricante al por mayor de retruécanos, chispazos y décimas”. Agrego a lo anterior, que sus sonetos tienen una pura confección en los cuales logra con juego de palabras, expresar con delicada musicalidad una composición perfecta y una marcha armónica de las ideas. Todo en su poesía es belleza y agrada al lector que lo absorbe completamente. Se puede decir que fue un poeta que con humorismo dispuso de un gran ingenio agudo, improvisando con facilidad única sobre los sucesos del momento, ya el elogio a una reina, la boda de personajes o a políticos de turno. En el Bar La Bastilla de Medellín, el más frecuentado por su grupo de amigos, y contertulios, hacía gala de su repentismo y alguna vez que iban a operarlo de los ojos temiendo quedar ciego, se expresó así: Mi inquieta imaginación se preocupa en pensar, que si me van a operar, puedo perder la visión. Si con esta operación se ha de acabar mi alegría, yo sin ver la luz del día prefiero estar enterrado, porque con ojo sacado no vale Santa Lucía.

“Manos en el fuego (Un poeta caratejo de la tierra)

Autor: Jaime Jaramillo Panesso, 22 de Marzo de 2009 Periodico El Mundo. En Titiribí, El Zancudo no es un insecto, sino una mina. Y una mina de oro que hizo fama en la época en que los antioqueños vivieron del oro, metal que persiguieron los conquistadores españoles hasta terminar anclados sus descendientes a estas breñas. Titiribí es nombre de cacique indígena y hoy es un municipio con cuatro mil habitantes en su cabecera, que tuvo un esplendoroso pasado. Se refleja en el edificio de la administración municipal, diseñado por el arquitecto belga Agustín Goovaerts, y el Teatro-circo Girardot, plaza de toros en miniatura, gallera y foro múltiple de la cultura local. Por sus empinadas calles caminó de niño, por que allí nació, Santiago Vélez Escobar, alias El Caratejo, poeta bohemio, trovador y tiplista, repentista y ciudadano solterón que vino a ese lugar en el año de 1900, el mismo pueblo que declaró como hijo suyo a Ñito Restrepo, el legendario trovador que competía con Salvo Ruiz, haciendo honor a la inteligencia silvestre de los habitantes del suroeste de Antioquia.

Trasladado a Medellín, hizo nido literario y compinche intelectual con los bardos del entonces mundillo de los escritores exóticos en un entorno de comerciantes y caballeros de industria y talleres, de burócratas y músicos de instrumentos de cuerda. Por estos últimos se hizo letrista de bambucos como “Al calor de tu afecto” que reza:

“Cuán grata hubiera sido la vida mía/ al calor de tu afecto, linda morena, / si no hubieras sembrado tan honda pena/ en mi pecho cobarde tu rebeldía.” Música del maestro Vieco.

El Caratejo Vélez siempre despertó simpatía entre sus amistades por su buen humor y su acicalada soltería. Entre sus contertulios se distinguían Tartarín Moreira (Libardo Parra Toro), Julio Vives Guerra (José Velásquez García) y Pablo Restrepo López (León Zafir), mientras entre los abogados lucía sus versos bambuqueros Benedicto Uribe.

La nota alta en su obra la puso El Caratejo Vélez con su compilación participativa a varias manos de un pleito amoroso que denominó La Demanda, donde con un grupo de poetas amigos, solicita ante un juez, en forma de sonetos, la solución legal de una inquilina que ocupa su corazón: “Hace un año, Señor, estoy queriendo/ con todo el corazón a una mujer, /hace un año que en él esta viviendo/ y no quiere pagarme el alquiler”. Estrofa más adelante dice: “Tu que eres juez justísimo y severo, /haz que me quiera como yo la quiero/ pues pierdo la paciencia y la razón. /Y si no me concedes lo que pido, / ¡préstame el policía del olvido/ para sacarla de mi corazón!”

La contestación a la demanda, el alegato de la acusada, la sentencia primera, la apelación, la casación, la sentencia final y la conclusión configuran cada uno un soneto de distinto autor, como en la sentencia que señala:” Como juez, yo sentencio que te quiera/ si no quiere pasar por una fiera/ que mata la paciencia y la razón./…..Sentenciar para ella no vacilo/ perpetua reclusión en el asilo/ o pena capital: el matrimonio”.

Dueño de una gracia especial, con retruécanos, décimas y carcajadas, Vélez Escobar ejerció su oficio trovadoresco en la plaza de Envigado y en círculos de mineros, agricultores y artesanos que alentaban su vida de trotamundos municipal.

Enfermo de los ojos, lo operó con éxito el Doctor Augusto Estrada a quien le dio de ñapa esta décima: “Cuando Augusto está operando/ de manera satisfecha/ va tarareando una endecha/ o un bambuco va silbando. / Y cuando está terminando, / aunque la pupila cruja, / algo su mano la embruja/ por que sin meter la pata/ opera una catarata/ en el ojo de una aguja”.

En Antioquia se le dice caratejo a quien tiene en la piel un tipo de manchas con visos distintos, algunas producidas por la bacteria treponema carateum, aplicándose igual denominación popular al paciente con vitíligo”.

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