reflexiones de ciudad ante la pandemia

La pandemia empelotó la ciudad, por R. Spitaletta

Una ciudad es más, mucho más, que sus edificaciones, sus calles y callejones, sus arterias y sus conjuntos residenciales que, en los últimos tiempos, son una muestra más de la privatización de las espacialidades públicas y de la gestación y dominación urbana del gueto. Tiene que ver con su hábitat, su creación de cultura, sus maneras de relación de los unos con los otros, los de los barrios pobres con los barrios ricos y los lazos invisibles de la comunicación que trasciende la sociabilidad aparente —más bien falsa—  del centro comercial o de la abundancia de aquello que es una suerte de deshumanización al negar la concurrencia de palabras, un abrazo, saludos, un intercambio de miradas, que son aquellos espacios (no-lugares) de mercadeo de las “grandes superficies”.

Una ciudad, creo, se reconoce sí lo es, por ejemplo, en momentos extremos, de agudización de las relaciones sociales, de reducción de la movilidad, de aplicación de medidas extraordinarias, como es una pandemia. Ahí, en medio de esas condiciones particulares, se puede medir la efectividad o no de los planes de ordenamiento territorial, de la amplitud o estrechez de los espacios públicos, de si existen con generosidad o, al contrario, con avaricia, parques, museos, jardines botánicos, bosques de expansión, lugares de encuentro colectivo…

La ciudad de la pandemia se torna más carcelaria y menos amistosa, cuando amplios sectores urbanos, barrios marginales, zonas excluidas y que son parte del empobrecimiento progresivo al que se someten vastas comunidades de despojados, solo se pueden dedicar a labores precarias de sobrevivencia. Y, quizá por eso, sus moradores son sordos a las instrucciones oficiales, a las medidas higiénicas y de cuidado personal, porque, además de carecer tantas veces de conocimientos suficientes sobre la vida y el mundo, están en la penosa condición del sobreviviente, del que solo puede pasar el día a día, sin futuro, sin planeación de lo que vendrá.

El acá y el allá. Foto Spitaletta

En estas coyunturas de alta tensión, como las que se viven en torno a la presencia del coronavirus, se advierten con más agudeza —he ahí su paradoja—, las carencias y, a la vez, las lesiones que se han perpetrado, tal vez de modo inveterado y permanente, a los derechos al agua potable, a la electricidad, a tener en la cocina al menos las alacenas con suficiente bastimento. Y, por ampliación de los desafueros contra enormes cantidades de desahuciados y olvidados de la fortuna, se notan con más claridad las heridas abiertas de las inequidades. ¿Cuál es el espacio público de una barriada tugurizada? ¿Dónde se pueden alivianar las maneras del encerramiento forzado si ni siquiera hay amplios senderos, jardines, algún parquecito hecho con la dignidad que merece el ciudadano?

La ciudad pandémica es radiografía. Es cámara fotográfica. Se torna en telescopio por el cual se pueden apreciar las espacialidades que configuran lo que se puede denominar el derecho a la calle, el derecho a tener una casa con servicios suficientes, un afuera con antejardines, con adecuaciones ambientales, con posibilidades para la sociabilización, la amistad, el caminar seguro y libre de aprensiones. En tiempos de emergencia, como los que transcurren con la presencia de la covid-19, las grietas de la ciudad, de sus autoridades, de sus dirigentes, de los que la han planeado, son más concretas e ineludibles. Son más escabrosos y hondos sus abismos.

Son ocasiones para ver cómo han despilfarrado los fondos públicos y maltratado a la mayoría de ciudadanos, a los que se les niegan las posibilidades de tener una existencia con bienestar, con facilidades de sentirse en espacios amables. Las ciudades hay que pensarlas para que la dignidad sea permanente, que sea una variable que atraviese todas las áreas materiales y espirituales. En ciudades, como Medellín, para no abrir del todo el abanico, se pueden ver, ¡oh, extrañeza!, los muros invisibles, las brechas abiertas por las desigualdades que avergüenzan la geografía urbana.

En los barrios llamados populares el castigo pandémico es mayor, porque, además de haber desaparecido ya la cultura popular (que se ha vaciado de los contenidos de solidaridad, alegría, afectos colectivos…), las características y modos de ser de los que las habitan, no hay un afuera atrayente, ni cómodo, ni con posibilidades para el ejercicio de las relaciones sociales con altura y respeto. Solo hay las expresiones extremas de la sobrevivencia, sin otras rutas que tengan conexión con el goce, con el placer que dan las búsquedas del conocimiento y de la convivencia.

Economía del rebusque. Foto Spitaletta

En una larga tradición de despojos, de maltratos y exclusiones, la ciudad que intenta no enfermarse muestra lo que ha sembrado, sus agresiones a los que están al margen. Y así, como se aprecia en vastos sectores que parecen pertenecer a mundos distópicos, la lumpenización ha hecho mella en las comunidades. Así que no es de extrañar que en la confinación obligatoria no haya ni siquiera un mínimo de cumplimiento. Porque en ese interior también forzado, no hay ninguna comodidad, no existe un ambiente mínimo para el ejercicio de la vida sin estrecheces y sin tantas amarguras.

Entonces, ese afuera rudo, esas atmósferas en las que ni siquiera hay acceso a determinadas estéticas que al menos sean un paliativo para la crisis, un exterior de informalidades, parte de un paisaje triste y desesperanzador, es la única promesa. No hay nada. Cuál autoridad oficial ni qué tres cuartos. Son comunidades que se rigen por otros parámetros, y ahí, en concordancia con los sistemas inequitativos, son otros los mandamientos y otras las maneras del orden. O del desorden. Sí, como bien lo dicen los mismos moradores: “por aquí es otra ley”.

¿Cuál derecho a la ciudad? Sí en tiempos normales, es decir, sin pestes universales, en estos breñales que simulan ser una ciudad, en este vallecito de lágrimas y de vez en cuando de alguna festividad seudopopular, la pandemia ha mostrado con creces las desventuras de tantos que, si antes carecían de ingresos suficientes, ahora es el hambre la que acosa, la que castiga con su látigo inmisericorde, y así, cuál tapabocas, cuál distanciamiento social ni qué nada. ¿Dónde están los planes para que la gente sufra menos? ¿Dónde la intervención estatal con criterio no asistencialista sino de proporcionar los elementos para que lo que se llama progreso sí sea una realidad y no una falacia?

Ciudad resquebrajada. Foto Spitaletta

Los que deciden y mandan deben pensar más que en el cemento y el asfalto en las necesidades de los que hasta hoy son como una excrecencia social. Ya los discursos oficiales, cansinos, vacíos, demagógicos, han quedado en evidencia por su esencia de negación a los caídos, a los tugurizados, a los que seguro han sufrido desplazamientos y otras vicisitudes de honda inhumanidad. Discursos hueros. Parte, lo diría un pensador de estas comarcas, de la vanidad. Sí, la vanidad del poder.

La ciudad de la pandemia, como decir Medellín, ha mostrado las dificultades de los más pobres, de los que están lejos de las alfombras y los ambientes palaciegos. Lejos de los clubes y de los que, en minoría exigua, definen el destino de millones. Así que no es solo la flaqueza en la salubridad de extensos sectores de la población, de las barriadas altas, desdibujadas por la miseria, las que, como un señalamiento de las inequidades sociales, ha mostrado la situación límite de una pandemia. Los denominados planes de desarrollo han quedado en evidencia por su decrepitud, por su cortedad en la visión, su deplorable ceguera frente a los problemas enormes de la ciudad, de aquellos, sobre todo, a los que se les ha negado desde tiempos inmemoriales los mínimos derechos a una vida sana y con disfrutes humanos.

La ciudad que fue y dejó de ser. Desapareció la industria. Foto Spitaletta

Qué derecho a la ciudad pueden tener los que ni siquiera han tenido derechos a la salud, a la educación, a los goces de la cultura. Y así lo ha mostrado, con crudeza, la pandemia en ciudades de oropel como Medellín, postizas, cuyos gobernantes, maquillados ellos, han eludido el fondo del problema y se han dedicado menos a resolver los desbarajustes sociales que a cultivar su imagen, como si más bien fueran gerentes de una empresa de barniz y pintarrajeo.

En efecto, el hábitat de lo humano, de las posibilidades de una vida menos dramática y carenciada, se ha degradado. Y a ese panorama desolador han contribuido, desde luego, las administraciones mediocres y sin sentido de ciudad, de los significados de lo público y de la dignidad. Los guetos, melancólicos de por sí, tan extendidos por estas geografías miserables, niegan al hombre y lo ponen en una escala animal de solo luchar por la sobrevivencia, sin ocio, sin los horizontes polícromos de la cultura y el auténtico desarrollo de las inteligencias y la imaginación.

La pandemia empelotó la ciudad y dejó ver, como los trajes mal confeccionados, las costuras inexistentes de lo que los funcionarios llaman, a veces con pompa, el tejido social. No hay tejido, solo una hilaza como de trapero viejo.

(Escrito en Medellín, ciudad de eternos desequilibrios sociales, 5-07-2020)

Los irrespirables confinamientos, por Darío Ruiz gómez, 6 julio de 2020 –

Cuando las imágenes de t,v. muestran en barrios populares de Cali, Tumaco, Buenaventura, Galapagar o Medellín, Bogotá y cualquier ciudad las calles llenas de gentes entregadas al comercio o la parranda y que son calificadas como demostraciones de irresponsabilidad ante la pandemia que exige el confinamiento de las gentes en sus casas, algo ante lo cual no dejo de preguntarme sobre el significado del concepto de hábitat o sea el derecho a agua potable, a electricidad, a espacios libresy cuya estructura cultural es definida no por el individualismo de la sociedad burguesa sino por la persistencia de las costumbres comunitarias y por lo tanto su concepto del espacio carece de las características de lo que en el mercado inmobiliario llamamos propiedad privada, espacialidades privadas. El “no hay cama para tanta gente” de la guaracha responde a esta concepción comunal del espacio, donde propios, conocidos y extraños hacen parte de la familia humana. La calle es entonces el espacio que define esta vida comunitaria donde todo es exterioridad y no interioridad, donde todo es música y baile, caridad y duelo compartido, trueque. Esta vivencia comunitaria del espacio choca frontalmente con las espacialidades aberrantes que se les ofreció en la llamada “vivienda social” del gobierno Santos mediante la cual en ocho años se aceleró la tugurización de ciudades y se desintegraron los grupos sociales abocados a lumpenizarse en manos del narcotráfico. En estas circunstancias el llamado al confinamiento debió tener en cuenta estas problemáticas que tienen que ver directamente con la arquitectura y el urbanismo, pero ¿no es esta la característica hoy de la vida de un barrio popular en Nápoles o Roma en Buenos Aires o ciudad de México, en un barrio negro o italiano, ruso de Nueva York? La descripción antropológica que acabo de hacer escatima sin embargo la verdadera dimensión del problema en estas poblaciones: la miseria, el universo de la miseria donde la espiral de la degradación del ser humano es indetenible y desaparecen las culturas populares, desaparece la noción necesaria de comunidad tal como desaparecieron las mínimas condiciones de salubridad. ¿Por qué se dejó tugurizar el barrio Kennedy en Bogotá? ¿Por qué en Cali como en Medellín la precariedad de las Comunas se mantiene como una estrategia de sometimiento y hoy como territorio de los nuevos esclavos del crimen organizado negándoles el derecho a contar con espacios verdes, con avenidas de integración para negar el gueto? ¿No son estos territorios el espejo de las afrentas del desempleo, de la inequidad, del rechazo a la integración del desplazado? Los cordones de miseria conformados por los nuevos desplazados por la violencia narco en los campos, por las invasiones propiciadas por los llamados “tierreros” la irrupción brutal de actores que difícilmente se adaptan a las normas de convivencia de la ciudad y están creando confrontaciones inesperadas, constituyen tal como nos lo ha permitido ver esta larga pausa del coronavirus, la tarea a cumplir: el planteamiento urgente de hacer de las ciudades y poblaciones el hábitat de lo humano, los territorios del ciudadano rescatado de esas terribles servidumbres a que hoy es sometido cuando sus condiciones de vida son deplorables viviendo en tugurios de cuarenta metros donde tendrían que confinarse diez personas en “Unidades” de “arquitecturas” que desconocen las condiciones climáticas de cada lugar, tugurios que fueron un gran negocio y hoy son una bofetada a la idea de vida urbana.

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¿Era ésta la manera de esperar la pandemia? ¿Dónde se cumplieron las mínimas normas de salubridad? ¿Dónde estaban en Medellín las áreas verdes que paliaran en las Comunas la desesperación del encierro? En un verdadero Plan de Desarrollo no hablamos únicamente de grandes obras públicas sino del replanteamiento de toda la ciudad.