La Catedral: El presente de la “cárcel de máxima comodidad” de Pablo Escobar

Hoy se cumplen 30 años del falso sometimiento de Pablo Escobar a la justicia. Ese 19 de junio de 1991 el capo más buscado de la época se recluyó en cárcel La Catedral, que él mismo mandó construir. Los predios de su búnker personal son hoy un hogar para ancianos.

El 19 de junio de 1991, el narcotraficante Pablo Escobar ocupó el inmueble que se supone iba a ser su prisión, pero terminó siendo su centro de operaciones y éxtasis personal: la cárcel de La Catedral. Un lujoso complejo para bandidos, custodiado por soldados comprados, que el mismo capo ordenó construir para trasladarse allí a delinquir, haciéndole creer al país su compromiso con la justicia. Hoy, 30 años después, los muros ubicados en zona boscosa de Envigado (Antioquia) están custodiados por la Fundación Monástica San Benito Abad. El padre Elkin Vélez está a cargo del lugar, un renovado hogar para el adulto mayor del cual ha querido sacar una tajada económica.

Comodato: esa es la figura legal que une al padre Elkin Vélez con los predios de La Catedral y la Alcaldía de Envigado. En 2015, las autoridades le entregaron el terreno, con privilegiada vista al Valle de Aburrá, en una especie de préstamo. La idea era que allí se pusiera en funcionamiento un ancianato. Desde entonces, Vélez decidió cambiarle el rostro al curioso lugar que estaba en ruinas y saqueado hasta las piedras. Entonces la fundación que él preside construyó una capilla, un hogar, una cafetería y una biblioteca para niños de escasos recursos. “Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla”, es la leyenda que da la bienvenida al sitio.

El padre Vélez mandó un oficio a la Alcaldía para intentar construir un restaurante, una cafetería y hasta un local de venta de cerveza y miel artesanal, como las autoridades le confirmaron a El Espectador. Sin embargo, este diario fue alertado sobre ese proyecto mediante una denuncia anónima, cuya protagonista es una mujer que asegura que su vida está en peligro y entregó detalles del fallido ancianato. La denunciante, incluso, le avisó el mes pasado a la Contraloría y a la Personería de Envigado que “el cura Elkin Vélez administra esos terrenos que recibió en comodato a su antojo y lo peor es que es apoyado por varios funcionarios del municipio”.

El alcalde de Envigado, Braulio Espinosa, aseguró que la fundación es una entidad sin ánimo de lucro, pero que ha querido ampliar el objeto contractual del comodato. Sin embargo, las actividades propuestas no están en el objeto del acuerdo, ni mucho menos en las disposiciones del POT sobre el uso del suelo en el terreno de la antigua cárcel de La Catedral. Por eso le negaron la petición. El Espectador conoció también una reciente “aclaración” escrita, con fecha de 16 de junio de 2021, donde Vélez le explicó a la Alcaldía que nunca quiso construir una “empresa” y que solo buscaba pequeñas actividades que sirvieran de “alternativa de sustento”.

Por otro lado, la denunciante anónima aseguró que adultos mayores habrían sufrido maltratos por parte de Vélez. Este diario se comunicó con uno de ellos, que ronda los 60 años y vivió cinco meses en el lugar. Aseguró que no da su nombre “para evitarse problemas” y que un día el padre lo regañó sin fundamento: “Un hermano me invitó a limpiar la capilla grande de La Catedral, que se empolvó durante el tiempo de la pandemia. El padre me mandó a llamar a la oficina y ahí me regañó porque me fui a limpiar la capilla, muy feo. No me dijo palabras soeces, pero me dijo que iba a hablar con Personería para que me sacaron del sitio. Yo le dije: ‘¿Cómo así? ¿Yo que estaba haciendo de malo?’. Me dijo: ‘No me responda nada’.

El adulto mayor explicó que hay unas doce personas al cuidado de la fundación y que, en octubre de 2020, una turista estaba caminando por un senderó de la zona boscosa y accidentalmente se “zafó de unas cuerdas, se cayó y se mató”. La mujer tenía 23 años y su cuerpo fue rescatado con helicóptero. También dijo que entre las actividades diarias está la eucaristía y que el legado malvado de Escobar es, sin duda, el mayor atractivo para los turistas.

La Catedral, muy visitada por el legado criminal de quien la fundó, resume una historia de barbarie, drogas y fútbol. Pablo Escobar, en 1991, llegó a un acuerdo con el entonces presidente César Gaviria, prometiendo permanecer detenido, a cambio de no ser extraditado a Estados Unidos. El día que se entregó, la constituyente votó la prohibición de la extradición y desde ese día causó malestar que Escobar estuviese encerrado en un lugar que él mismo había mandado a construir. Sin embargo, era un respiro tenerlo “preso” en medio de la guerra que había desplegado, con más de 625 atentados entre 1984 y 1993, en episodios de los que no se sabe cuál fue más siniestro que el anterior.

Escobar se encerró en ese complejo de lujosas habitaciones, salas de juego, gimnasio y hasta una cancha de fútbol. En La Catedral se celebraban orgías y los socios del cartel de Medellín entraban y salían como si fuera un centro comercial. Fernando el Negro Galeano se había hecho cargo de la mayoría de los negocios del cartel. Pero un bandido al servicio de alias el Chopo alertó a Escobar que el Negro tenía una caleta escondida, y Escobar dio la orden de asaltarla. El Negro se enteró y en compañía de Kiko Moncada, viajó hasta La Catedral para recuperar el dinero. Ambos fueron llevados al sótano de la cárcel y asesinados. Sus cuerpos fueron incinerados. Escobar tenía información de que negociaban a sus espaldas con el cartel de Cali.

Las denuncias públicas de las familias de Galeano y Moncada, perseguidas por el cartel de Medellín, llegaron a los oídos de Eduardo Mendoza, entonces viceministro de Justicia, y Hernando Navas, director de prisiones, quienes curiosamente intentaron notificar a Escobar, en la misma cárcel, de que lo iban a trasladar. Los funcionarios terminaron de rehenes y, en la noche del 21 de julio de 1992, un equipo de Fuerza Élite realizó una operación de rescate. En medio de la respuesta policial, mientras lo buscaban afanosamente, el capo del narcotráfico aprovechó para tumbar una puerta falsa y escaparse junto a sicarios de su confianza, como John Jairo Velásquez, Popeye.

“Había una carpintería donde se trabajaba todo lo del lugar, bibliotecas, mesas y demás. Por mucho tiempo se habló de una cascada donde caía agua, pero en realidad lo que había era un tubo de PVC donde la gente se metía cuando terminaban los partidos de fútbol. Escobar tenía un oso de peluche en su cuarto. Había habitaciones individuales, eso era lo más exótico”, le contó a este diario Iván Velásquez, exmagistrado auxiliar de la Corte Suprema, quien fue procurador de Antioquia cuando Escobar dejó parte de su historia entre los muros de La Catedral.

La Catedral, de búnker de Pablo Escobar a hogar geriátrico

Durante años las ruinas del lugar fueron visitadas por turistas que acampaban en la zona.

La Catedral, la lujosa cárcel que se levantó para el narcotraficante colombiano Pablo Escobar cuando se entregó a las autoridades en 1991 y de la que después se fugó, se convertirá 20 años después en un hogar para ancianos sin recursos.

Escobar ocupó aquella prisión durante poco más de un año desde el 19 de junio de 1991 tras sellar un acuerdo con el entonces presidente César Gaviria, por el que el jefe del cartel de la droga de Medellín aceptaba ir a prisión cambio de que el Gobierno revocara un tratado de extradición con Estados Unidos.

La Catedral contaba con lujosas habitaciones, salas de juego, gimnasio, una catarata natural y hasta cancha de fútbol, un lugar que tenía abiertas las puertas sin restricciones a familiares, amigos y socios del narcotraficante.

Con vistas privilegiadas sobre Medellín, desde esa celda de oro Escobar controlaba sus negocios mafiosos, ordenaba asesinatos, que se llevaban a cabo en el interior del mismo recinto, y celebraba fiestas con abundancia de alcohol, drogas y mujeres junto a sus secuaces, algunos de ellos también cautivos en La Catedral.

Cuando salieron a la luz estas actividades, Gaviria se vio obligado a trasladar a Escobar a una cárcel de verdad, pero el que era considerado el mayor narcotraficante de la historia de Colombia se enteró de esa decisión y en la noche del 21 de julio de 1992 se fugó.

Esa fue la que se considera su segunda gran burla al Estado colombiano y al expresidente Gaviria.

Con Escobar fugado, La Catedral quedó vacía y los vecinos de Envigado, persuadidos de que sus muros escondían una fortuna, saquearon durante meses la edificación, piedra a piedra.

Durante años las ruinas fueron un lugar de peregrinación para turistas, sobre todo extranjeros que solían acampar en la zona, mientras los más intrépidos seguían en busca del tesoro.

El destino de La Catedral cambió de rumbo en 2007 con la llegada de un grupo de monjes benedictinos que levantaron entre los muros que quedaban en pie un espacio de paz y oración.

Habían pasado quince años desde que Pablo Escobar se escapó de su propia cárcel, construida sobre terrenos que eran de su propiedad, y la comunidad benedictina planteó a la Alcaldía de Envigado la posibilidad de crear un espacio turístico-religioso en un lugar “abundado tanto por el pecado”.

Así lo explicó Elkin Vélez, uno de los cuatro monjes benedictinos que viven en La Catedral prácticamente como ermitaños desde 2007, dedicados principalmente al estudio y a la oración.

A pocos metros de las ruinas, los monjes construyeron una capilla, su hogar, una cafetería y una biblioteca “para los niños con escasos recursos económicos”, los hijos de los mayordomos de las mansiones que rodean el lugar.

También crearon un rincón de la memoria en el que figuran los nombres de algunas personalidades de aquella época que denunciaron a Escobar y fueron asesinados, como los políticos Rodrigo Lara Bonilla y Carlos Galán, o el periodista Guillermo Cano, junto a una imagen de Jesucristo elevada sobre una bandeja con armas de fuego.

Y en el exterior, un gran cartel con fotografías del capo y la leyenda “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.

A las muchas personas que siguen acercándose a La Catedral, los monjes les piden “orar por los que murieron en este lugar”, según Vélez.

Ahora, cinco años después de su llegada, los benedictinos están a punto de convertir el espacio en un centro de cuidado para los ancianos de Envigado, que esperan esté listo en septiembre próximo.

“El hogar es para personas de escasos recursos o desvalidos y no tendrán que pagar”, aseguró el monje, quien explicó que algunos de los miembros de la comunidad ya están adquiriendo conocimientos en medicina para cuidar a los ancianos.

Pablo Escobar murió a manos de la fuerza pública en diciembre de 1993, un año y medio después de su fuga, pero sus huellas siguen vivas en Colombia y sobre todo en Medellín, epicentro de la actividad criminal del mayor narcotraficante de la historia del país.

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