Fernando González Ochoa

Por: Demetrio Quintero Quintero, Miembro de Número del Centro de Historia de Envigado

Introducción

En el año 1995 la ciudad de Envigado se movilizó con la totalidad de sus estamentos para la conmemoración de un centenario, el del nacimiento de uno de sus hombres sobresalientes en las letras, Fernando González Ochoa, hecho acaecido el 24 de abril de 1895. Con tal motivo, el Concejo de Medellín propuso el concurso nacional de ensayo Gran mulato americano, sobre algún aspecto de la vida o de la obra de Fernando González. Su vida se desarrolló hasta la séptima década del siglo XX, por lo cual lo ubicamos como uno de los envigadeños notables de ese siglo.

Con diferentes epítetos lo han calificado sus seguidores y los estudiosos de su obra: el pensador envigadeño, el mago de “otra parte”, filósofo de la autenticidad, lo llama Javier Henao Hadrón.[1]

Niñez y primeros estudios de Fernando González

Biznieto, por parte de madre, de don Lucas Ochoa, nació, como se dijo antes, el 24 de abril de 1895 en el hogar de  de don Daniel González y de doña  Pastora Ochoa, como lo atestigua él mismo en su obra De los viajes o de las Presencias.[2]

El aprendizaje de primeras letras lo inició en el colegio de la Presentación, plantel establecido desde 1891, cuando el Padre  Jesús María Mejía puso frente a la formación de las niñas de Envigado a seis religiosas francesas encabezadas por la Madre Enmelina. Fue matriculado por sus padres para realizar sus estudios secundarios con los Padres Jesuitas en el Colegio de San Ignacio de Medellín. No terminó allí por haber sido expulsado debido a su actitud de desacato a las prácticas religiosas que exigía el reglamento del plantel. A este hacho se refirió en los siguientes términos: Cuando me echaron del colegio lo hicieron con mucha prudencia; llamaron a mi papá y le dijeron que mandara por el pupitre de Fernando. Me echaron porque en la clase negué el Primer Principio. En la carta de expulsión enviada a su familia por el Padre Enrique Torres se insinúan las tendencias que aflorarían más tarde en Fernando González, según afirmación de su biógrafo Javier Henao Hidrón.[3] En la Universidad de Antioquia concluyó los estudios para ser bachiller, cursó los de abogacía y obtuvo el título correspondiente en 1919. Su tesis de grado fue prohibida por el Arzobispo Manuel José Caicedo.

Aun siendo estudiante hizo parte del grupo de los “panidas”. Panida se llamaba una revista que empezó a publicarse en febrero de 1915, en la que participaron jóvenes intelectuales de la época, ensayistas y poetas, en principio diez y llegaron hasta trece. La revista que editaban también fue prohibida por Monseñor Caycedo por lo irreverente de los temas publicados.

 Contexto físico y espiritual

Toda obra escrita lleva implícita parte de  la conciencia, parte del alma del escritor: es el mensaje que comunica quien escribe a quien lee. Para comprender ese mensaje tenemos que acercarnos al interior del escritor, en este caso, escudriñar las entrañas  de Fernando González, para interpretar sus escritos. El recuento de lo que vió, vivió y experimentó en su niñez y en su adolescencia nos acerca a esa comprensión.

El viajero que en 1895 procedente del norte, desde Medellín se dirigía a Envigado, dos kilómetros antes de pisar sus calles, veía allá en la planicie el pequeño poblado circundando las imponentes torres del templo de Santa Gertrudis, ya próximas a ser terminadas. Un poco al oriente de este templo, en la casa señalada con el número 15-44 de la calle 20, nació, dio los primeros pasos y balbuceó las primeras sílabas Fernando, en compañía de cuatro hermanos, dos de ellos mayores que él.

Cumplidos siete años fue matriculado en el plantel regentado por las Reverendas Hermanas de la Presentación, situado en el mismo lugar que hoy ocupa……

Con los pies descalzos y pantalón corto, camisa muy limpia y bien aseado caminó por las polvorientas calles, entre casas de techos bajos  y amplios espacios interiores, engalanadas con cortinas de zaraza en puertas y ventanas, a escuchar las enseñanzas de las preceptoras entre quienes estaba la Hermana Belén a la que más tarde recordará con especial afecto. A ese plantel asistió durante cuatro años.[4]

Para sus estudios de bachillerato lo llevaron sus padres al colegio de San Ignacio, de los Padres de la Compañía de Jesús. Desde  1885 se abrió este colegio en Medellín por contrato firmado el año anterior entre los Jesuitas y el gobernador Marceliano Vélez. La planta de estudio era el espacio contiguo al templo de San Ignacio, costado sur; hoy es un centro de atención de Comfama. Además, tenían los estudiantes para su recreación una hermosa quinta, jardines y campos para deporte, llamada “Miraflores” en la parte alta del barrio Buenos Aires.[5]

Los doce kilómetros que separaban a Envigado de Medellín, hace 100 años, constituían una distancia difícil de recorrer, así que Fernando González estudiaría como alumno interno en el colegio de los Jesuitas o alojado en casa de algún familiar. Desde 1715 el Cabido de Medellín había comisionado a don Diego Gómez de Abreu para que construyera dos caminos a una y otra orilla del río, de 30 varas de ancho cada uno, de ancón a ancón, entre el espeso monte y el sinuoso cauce. El coche tirado por caballos negros  de don Juan Bautista Escobar Montoya rodó siglo y medio después por esos caminos.  Por el río Medellín de entonces trasportaban en balsas de madera y cañabrava, yuca, panela, aguacates y plátanos, desde Sabaneta  hasta un embarcadero ubicado en donde cruza la calle Colombia.[6]

Este era el paisaje que embelesaba a Fernando González en su repetido viajar de Envigado a Medellín y viceversa. Cuando regresaba a descansar de sus estudios observaba como, a trechos en las cercanías del camino, se había despejado el bosque para sacar vigas o para construir cómodas viviendas y cultivar los campos. Allí se veían, “Casamora”, de don Bernardo Mora;”Alsacia”, rodeada de esbeltas palmeras;  “La Casona”, de los señores Escobar; la del alemán Walterio, la más sencilla, en la que puso sus ojos Fernando González y la compró luego  para transformarla en su apacible “Atraparte”; “La Concha” de la familia Jaramillo; “Pontevedra”, del doctor Jesús María Marulanda”; “Casablanca”, de la Pintora Débora Arango y “Andalucía”, casa natal de Miguel Uribe Restrepo, hoy Casa de la Cultura.[7]

Su inteligencia se sacudía por opuestas manifestaciones de la naturaleza física y del comportamiento humano. Siendo niño supo de las atrocidades de la guerra de los Mil Días. De su conciencia no desaparecía la cicatriz de la herida causada por la expulsión del colegio de los Jesuitas. Sus lecturas de universitario lo abocaron al análisis de la literatura centenarista, de escritores  que ni en lo político ni en los social profundizaron para conocer las causas de un siglo de caos en el país y formular proyectos para un futuro distinto; en consecuencia, el tema para el trabajo que debería realizar para graduarse de abogado estaba claro: El derecho a desobedecer. “Su grupo de amigos era el más heterogéneo: escritores, sacerdotes, niños, nadaistas, monjas, profesionales”, dice Leonel Estrada.

            También surgieron Los Nuevo, nombre de su revista cuyo primer número apareció el 6 de junio de 1925, quienes marcaron huella más profunda inclusive en la política, como Alberto Lleras Camargo. Ya empezaba el país a afianzar su gobierno más en administradores y financistas notables y menos en los escritores y poetas como lo fue el siglo XIX.

            Culminó sus estudios de Derecho y Ciencias Públicas en la Universidad de Antioquia. A la facultad se le llamaba Escuela de Derecho; tenía su sede frente a la plaza José Félix de Restrepo. Más tarde, a partir de 1925 empezó a levantarse  su sede de la calle Girardot entre las calles 48 –Pichincha- y 49 –Ayacucho-, que ha servido a otras instituciones, como al Liceo Javiera Londoño, entre otras.

Primeros empleos y vida de familia

Muy recién graduado empezó su recorrido por los empleos públicos, uno de ellos, quizá el primero, el de Magistrado del Tribunal Superior de Manizales, en 1921. Desde esta ciudad regresó en 1922 para contraer matrimonio con doña Margarita  Restrepo Gaviria, hija del expresidente de la República Carlos E. Restrepo y de doña Isabel Gaviria. 5 fueron los hijos del matrimonio González Restrepo. Pilar, la única mujer, y 4 varones: Alvaro, Fernando, Ramiro y Simón. Una anécdota  sobre las relaciones entre Fernando González y su suegro es la siguiente. Fernando González opinó que Carlos E. Restrepo  con sus ideas de tolerancia y republicanismo se quedaría solo, como el Libertador, a lo que aquel le respondió con un telegrama, así: Bogotá, 27 de febrero de 1931. Fernando González Medellín. Abrazos para todos. Me fue muy bien en Espinal. Recibí carta del 23, descachada como todas las que vienen de ese querido lugar. Gracias por la comparación con Bolívar, el solitario. Carlos E. Restrepo.[8]

Las exigencias de la vida familiar en torno a su hogar distanciaron durante algún tiempo a Fernando González de su accionar como lector, pensador y escritor para dedicarse a las tareas de funcionario en diversos empleos: fue Juez de Circuito de Medellín, Cónsul de Colombia en diferentes lugares de Europa, Génova y Marsella, 1932, 1934; Rótterdam y Bilbao, 1953, 1956, circunstancias que enriquecieron su conocimiento de la psicología humana, porque, ejerciendo esos cargos nunca se distanció de las bibliotecas, tampoco de las personas sobresalientes de la cultura.

Aun siendo joven, 22 ó 23 años, sostenía interesantes pláticas con el Padre Jesús Mejía, conversaciones en las que el escritor intuía ideas que, decantadas por la reflexión, aparecieron después como parte de sus escritos, sobretodo aquellos salpicados de teología, religión y sociedad.

Estuvo muy cerca de don Tomás Carrasquilla. De nuestro gran novelista corrió la fama por su modo de escribir con estilo agradable acerca de los más recónditos comportamientos de las familias antioqueñas. A pesar de la diferencia en sus edades, Fernando se aproximaba a él, para escucharlo, primero y intercambiar ideas, luego, acerca de la literatura de nuestros pueblos y también de la de Colombia. Ambos tuvieron interés en un mutuo conocimiento.

Sus escritos

Su primera obra, Pensamientos de un viejo,  es, como dice Luis Javier Villegas, la obra de su juventud en la que Fernando optó por hacerse su propio camino.[9]

Más adelante, por su estadía en Europa se enteró de la política, del pensamiento y de las tendencias literarias de ese tiempo, con lo cual acrecentaba el bagaje y la ilustración para venirse a pensar y a escribir. Vi  a Grecia y vi a Florencia y me volví para Envigado…la patria de los grandes agonizantes.

A su estadía en Italia y Francia corresponden tres de sus obras. La primera de ellas, Don Mirócletes, escrita en 1932, dedicada a las ceibas del parque de su ciudad natal. La segunda, El hermafrodita dormido con atrevidas alusiones al régimen del gobierno de Italia, Benito Mussolini, que lo convirtió en persona no grata de aquella nación. La tercera, Mi compadre, publicada en 1934, cuyo personaje central es el dictador venezolano, Juan Vicente Gómez.

En 1935 escribió El remordimiento que toca problemas de teología, y la serie epistolar,  Cartas a Estanislao. En 1936 escribió Los negroides e inició la revista Antioquia que perduró hasta 1938, con 17 entregas. En 1940 escribió Santander, cuando se cumplió el centenario de la muerte del prócer Francisco de Paula Santander.

De Mi Simón Bolívar, –1930- afirman los comentaristas que fue la obra de características más ajustadas al talante del autor. Es su héroe, es su prócer, es su Simón Bolívar; en ella hay que reconocerle su capacidad de biógrafo y de historiador. Fernando González escribió Mi Simón Bolívar poseído por el personaje. La idea de hacer el libro se la lanza su hermano Alfonso en febrero de 1930, tras haber recibido una insinuación en este sentido del escritor francés Romain Rolland.[10]

Viaje a pie – 1929- es, quizá, de los libros de Fernando González el que ha merecido más conceptos de críticos colombianos y también extranjeros, aunque no  siempre de aplauso. Con “Viaje a pie” se produjo un desgarramiento en la literatura colombiana. Atrás la retórica centenarista; a un lado el costumbrismo… es asimismo, un desgarramiento como separación y como laceración y herida en la visión de la vida colombiana y antioqueña. Aquí arranca el proceso crítico que llevó a González a enfrentarse con su mundo.[11]

El maestro de escuela, de 1941, vida del maestro don Manjarrés. La obra es una reflexión acerca  de la dificultad de mantener la independencia intelectual y a la vez gozar de aceptación social y de cierta comodidad económica.[12]

En relación con el fondo filosófico de la obra de Fernando González opina Carlos Jiménez Gómez: No se detiene en las formas: sus obras ninguna indicación darían al que las enfrentara como curso de una filosofía. No se dejan aprisionar en los geometrismos  de una didáctica…..El de Fernando González es un mundo absolutamente original; suyo, reveladoramente suyo ese afán “diabólico” de reconstruir el mundo, de ir dándole a luz en un víacrucis de sacudimientos intelectuales. No se tendrá a esta altura y hecha la odisea de estas adivinaciones interiores, el primer plano de sí mismo y de la autenticidad?[13]

La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera, -1962-. Salomé, novela escrita en Marsella en 1934. Don Benjamín el jesuita predicador, serie de escritos por entregas y publicado en forma de libro en 1984.

En síntesis, esta es apenas una nota biográfica de este envigadeño que inquietó con su proceder, tanto como con sus escritos, a sus coetáneos y continúa motivando a los intelectuales que quieren ahondar en su pensamiento y extraer la esencia de sus ideas. En el firmamento de la cultura de esta próspera ciudad, Fernando González brillará indefinidamente con tanto brillo como aquellas lumbreras que le antecedieron y que alumbraron con rayos de sapiencia y  civilidad los caminos  de la naciente república.

Agosto de 2008.

[1]  Título de la obra sobre este personaje cuyo autor es el doctor Javier Henao Hadrón.

[2]  Garcés Escobar Sacramento. Monografía de Envigado, sin pié de imprenta, sin año de edición. Pág. 151.

[3]  Javier Henao Hadrón. Fernando González, filósofo de la autenticidad. Medellín, 1988.

[4]  Sacramento Garcés Escobar. Monografía de Envigado. Tercera edición, 1985, p.ág. 151.

[5]  Agapito Betancur. La ciudad., 1675-1925. Tipografía Bedout, Medellín, 1925, pág. 66.

[6]  El río Medellín, Historia Gráfica. Instituto Mi Río, 1997.

[7]  Alfonso Restrepo Londoño. Artículo El tranvía de Medellín a Envigado y sus antecedentes. Boletín  Histórico del Centro de historia de Envigado nº 19, pág. 90.

[8]  Carlos E. Restrepo. Una publicación de la Lotería de Medellín. Coordinador Adolfo León Gómez. Imprenta departamental de Antioquia. Medellín, junio de 1982.

[9]  Villegas B. Luis Javier. Viajando hacia la intimidad. Segundo puesto concurso “Fernando González, gran mulato americano”, 1995.

[10]  Ernesto Ochoa Moreno. Artículo Un Bolívar tibio y palpitante, 1993.

[11]  Ernesto Ochoa Moreno. Artículo Un viaje de desgarramiento, febrero de 1994.

[12]  Texto en la contratapa de El maestro de esuela, editorial Universidad de Antioquia, 1995.

[13]  Carlos Jiménez Gómez. Artículo Fernando González, un camino hacia nosotros mismos

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