El Salto del Ángel, un tesoro resguardado en la montaña de Envigado

El Salto del Ángel, un tesoro resguardado en la montaña de Envigado

Nos unimos a una caminata patrimonial que llegó a esta cascada en la zona rural de Envigado. Es un tesoro de nuestras montañas.

Fotos: Jessica Serna.

Como una cicatriz en la montaña se ve la imponente cascada del Salto del Ángel, en la vereda El Vallano. Arriba el agua se funde con el cielo y abajo termina en una piscina que es recompensa para los caminantes. Llegar hasta allí no es sencillo, pero vale la pena.

El 26 de julio 34 personas nos encontramos en la Biblioteca Pública y Parque Cultural Débora Arango para participar de una caminata patrimonial desde La Catedral hasta el Salto del Ángel.

El propósito del recorrido, según explicó María Teresa Naranjo, funcionaria de la Dirección de Cultura, era reconocer el patrimonio como algo como que no es estático y que podemos resignificar en conjunto. Y es que a 9,8 kilómetros del parque principal de Envigado está el rastro de una historia que es perseguida por algunos turistas, pero que significó dolor y temores para la ciudad y el país.

Allí está el sector de La Catedral, donde quedaba la prisión en la que fue encarcelado el narcotraficante Pablo Escobar a comienzos de la década de 1990.

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“De la cárcel solo hay vestigios, queda una garita y el helipuerto, porque cuando se supo de la muerte de él hubo una extracción de cosas”, señaló Juan Rafael Gómez, integrante de la Corporación Ecoturística El Vallano, quien fue uno de los guías del recorrido.

Lo que sí se puede observar es que ese lugar, ubicado a 2300 metros sobre el nivel del mar, era un sitio estratégico. Como dijo Gómez, además de la vista que ofrece, tiene conexiones con El Retiro, Caldas y Sabaneta. Según datos del Centro de Historia de Envigado, “desde 2007 el espacio cambió de rumbo con la llegada de un grupo de monjes Benedictinos que levantaron entre los muros que quedaban en pie un espacio de paz y oración”.

En el hogar para ancianos de escasos recursos, que está llegando a la cima de la montaña, hay un letrero que advierte a los turistas: “No se deje engañar, la estructura que usted está viendo fue construida por la fundación Santa Gertrudis La Magna (…), ningún espacio pertenece a la antigua cárcel ni fue construido por Pablo Escobar“.

“Pero todo lo que está cerca de las cuencas se está recuperando”, advirtió el guía y señaló algunas palmas y especies nativas que se han introducido en la zona. “Han pegado, gracias a Dios. Porque la naturaleza es persistente y terca, como algunos de nosotros”, dijo el vecino.

Miguel llegó a vivir a este sector de El Vallano en el 2003 y lo primero que hizo fue recorrer su vecindario. Cuando vio las cascadas por primera vez se sintió feliz.

Patrimonio natural
El recorrido desde la Débora hasta La Catedral duró aproximadamente media hora en bus. “Bienvenidos a esta riqueza que tenemos que defender”, dijo el guía Miguel Charri, también integrante de la Corporación Ecoturística El Vallano y habitante del sector.

La travesía comenzó cerca de las 9 a .m. por un bosque lleno de pinos, que de vez en cuando abrían paso a pequeñas quebradas. Miguel explicó que en algunos sitios el Municipio ha negociado con los propietarios de los lotes, que tienen siembras con fines extractivos, para que entren en el Sistema Local de Áreas Protegidas de Envigado (Silape) y otros están en un nivel intermedio.

El sendero está marcado y lleva hasta una planicie donde nos desviamos del bosque de pinos para comenzar el descenso. De ahí en adelante las guías son sogas que están sujetadas a la montaña. “Si ve una cuerda, agárrela que por algo es”, dijo Gabriel Arroyave, uno de los compañeros de caminata.

Y es que la pendiente, a veces en roca y otras en tierra, es una prueba para la resistencia de las rodillas y los brazos. Como dijo Miguel, hay que pensar que uno tiene los ojos en la espalda, porque buena parte del recorrido es caminando hacia atrás y con la montaña al frente.

El último descenso es tal vez el más empinado. Requiere estirar las extremidades para alcanzar con los pies alguna fisura en la roca y tener estabilidad. Pero una vez se suelta la soga y se mira hacia atrás está la recompensa: un puente que lleva a la cascada del Salto del Ángel.

Miguel explicó que esta roca puede tener entre 60 y 70 metros de alto y detalló que antes era llamada Salto de Las Campanas (como se llama ahora otra cascada cercana), porque tenía 4 chorros al final que configuraban esa forma.

Pero, según contó el guía, los nombres quedaron trocados en la cartografía nacional y así aparecen en los dispositivos de geolocalización. El Chorro de Campanas, añadió Miguel, tiene cerca de 50 metros de alto.

La Corporación Ecoturística El Vallano comenzó a gestarse en 2011 con un proyecto de Priorización del Presupuesto Participativo, en el que se estudió la posibilidad de un proyecto de turismo comunitario. De acuerdo con Miguel Charri, la iniciativa se retomó en 2014 y en 2016 se conformó oficialmente con 8 personas naturales (residentes de la zona, ecologistas y relacionadas con el turismo) y 2 jurídicas.

Uno de los riesgos que han identificado en estos espacios naturales es el posible deterioro “por la acción humana incontrolada”. Miguel indicó que hay un estudio de carga que explica cuál es el límite de personas que pueden estar en cada trayecto para evitar afectaciones ambientales, pero todavía no se ha reglamentado.

“Venimos pidiendo que haya un manual de uso”, comentó el guía y expresó: “Es como decir, yo mantengo las puertas de mi casa abiertas, pero quien llega ha acordado conmigo antes. Así se debe hacer aquí, dejar claras las reglas”.

El guía señaló que este sector tiene belleza paisajística, aguas puras y aire limpio que merecen ser preservados. Volver a trepar la montaña para regresar a La Catedral se hizo más sencillo. Tal vez porque ya llevábamos la frescura del agua en la piel y la satisfacción de haber conocido este tesoro.

El recorrido terminó al mediodía con una conversación en la que los caminantes dieron sus ideas para resignificar este lugar: el objetivo no es borrar la historia, sino reconocerla y aprender de ella.